La Comisión Europea lo ha vuelto a hacer. Con sonrisa diplomática, retórica de futuro y comunicados bien maquetados, ha aprobado el acuerdo con Mercosur. Un pacto “histórico”, “estratégico” y “necesario”, según el argumentario oficial. Todo eso… salvo para el sector primario europeo, que una vez más vuelve a ocupar su lugar habitual en la mesa comunitaria: el de moneda de cambio.

Porque cuando hay que elegir entre acero, química, farmacéutica, exportaciones industriales o automoción, y agricultura, ganadería y pesca, la balanza no duda. El campo estorba. El campo, molesta. El campo se sacrifica. Y se hace con una naturalidad pasmosa, como si no estuviéramos hablando de alimentos, territorio, empleo, paisaje y soberanía.

El acuerdo con Mercosur responde a una lógica tan simple como descarnada: Europa amplía sus exportaciones de vehículos, maquinaria, productos farmacéuticos, aceite, vinos y bebidas alcohólicas en un contexto de tensiones comerciales globales. A cambio, abre sus fronteras a productos agrícolas del Mercosur como carne, azúcar, arroz, miel y soja.

Un intercambio limpio… sobre el papel. En la práctica, supone inundar el mercado europeo con productos más baratos, procedentes de países con normativas ambientales, laborales y sanitarias muy por debajo de las exigidas a los productores europeos. Competencia “libre”, la llaman. Libre de controles, libre de costes y libre de responsabilidades.

Mientras tanto, al agricultor europeo se le exige producir más, con menos, cumplir normas cada vez más estrictas y vender a precios que no cubren ni los costes. Y cuando levanta la mano, se le responde con planes estratégicos, campañas institucionales y algún eslogan bien intencionado.

Para lavar la conciencia, incorporan unas cláusulas de salvaguardia que “buscan equilibrar los beneficios del acuerdo con la necesidad de proteger a los agricultores de la UE ante una mayor competencia”, como si las fueran a cumplir. Ya las conocemos de los acuerdos comerciales preferenciales con los países terceros de la cuenca del mediterráneo. 

La inquietud del sector no es ideológica, es matemática. No se puede competir contra carne producida con soja transgénica, tratamientos fitosanitarios prohibidos en la UE y modelos productivos que aquí serían directamente ilegales. La soja -y muchos cereales- que se cultiva en estos países es mayoritariamente transgénica; el ganado se alimenta de ella; los tratamientos utilizados no están autorizados en Europa. Pero el producto entra. Sin complejos. Y tú lo consumirás sin chistar. Porque, probablemente, ni te vas a enterar.

Entienden por qué los excesivos aranceles a los vehículos eléctricos de China. Porque afecta directamente a la industria europea y eso, en esta Europa “solidaria” no se puede permitir. Los del sector primario somos otra cosa…

La asimetría regulatoria entre ambos bloques es tan evidente que cuesta creer que alguien la defienda de buena fe. Y aun así, se sigue adelante. Porque el problema nunca ha sido la coherencia, sino colocar excedentes industriales y asegurar mercados a las grandes corporaciones. 

Italia, que hasta hace poco fruncía el ceño, terminó apoyando el acuerdo tras la promesa de la Comisión Europea de poner sobre la mesa 45.000 millones de euros adicionales para la PAC a partir de 2028, dentro del nuevo marco financiero plurianual. Francia, gracias a la presión de sus agricultores y ganaderos en las calles, se retractó junto a Irlanda, Austria, Polonia y Hungría. Bélgica se abstuvo.
Un “ya veremos” envuelto en cifras futuras, perfecto para desatascar un voto hoy y dejar las consecuencias para mañana. Clásico. 

Si el impacto es grave en el continente, en Canarias es doblemente perverso. Aquí no solo hablamos de competencia desleal, sino de supervivencia territorial en una región ultraperiférica con sobrecostes estructurales, dependencia exterior y un sector primario ya de por sí frágil. Cada explotación, cada hectárea que se abandona o cierra no es solo producción que se pierde: es paisaje que desaparece, empleo que no vuelve, territorio que se degrada y dependencia alimentaria que aumenta. Cada agricultor que se va es un sistema alimentario más frágil. Pero eso sí: luego vendrán las campañas institucionales, los vídeos emotivos y los discursos sobre consumo responsable.

Como guinda del pastel, el acuerdo UE-Mercosur se vende también como compatible con los objetivos climáticos, aunque los propios estudios reconocen lo contrario. El aumento del volumen de producción en determinados sectores —tanto en la UE como en los países del Mercosur— implicará, inevitablemente, más transporte marítimo y aéreo, más kilómetros recorridos y más emisiones de gases de efecto invernadero. Es decir, más CO para poder seguir hablando de sostenibilidad en los discursos. Un acuerdo que incentiva el comercio a miles de kilómetros de distancia difícilmente puede cuadrar con una legislación climática que, sobre el papel, presume de reducir la huella de carbono y proteger los sumideros naturales.

No es casualidad que organizaciones ambientales y sociales alerten de que el acuerdo es incompatible con la Agenda 2030 y los compromisos climáticos internacionales. La expansión agrícola y ganadera en países del Mercosur, la deforestación —especialmente en el Amazonas— y la ausencia de mecanismos vinculantes que garanticen el cumplimiento ambiental y social convierten al tratado en un acelerador de emisiones, no en una herramienta de mitigación. El acuerdo UE-Mercosur no protege el clima: lo externaliza. Traslada la huella ambiental fuera de Europa para poder seguir proclamando objetivos verdes desde Bruselas, mientras las emisiones aumentan y los bosques desaparecen lejos de los focos… pero muy cerca de las consecuencias.

Conviene decirlo alto y claro: esto no va solo de agricultores y ganaderos. Va de qué comemos, de dónde viene, con qué controles y cuánta dependencia estamos dispuestos a asumir. Menos sector primario significa más importaciones, menos calidad, menor control y más vulnerabilidad. Significa aceptar que la soberanía alimentaria se negocia al mismo nivel que un arancel de automóviles.

Y mientras todo esto se negociaba a contrarreloj en Bruselas, el Parlamento de Canarias repartía su tradicional aguinaldo navideño.
¿Contenido de la cesta? Ni un solo producto producido o elaborado en Canarias. Ni uno.

Hemos de recordar que sus señorías, setenta, cobran de media unos 5.500 euros mensuales, con dietas que han pasado de 904 a 2.087 euros, mientras la pobreza severa afecta a más de 225.000 canarios que sobreviven con menos de 664 euros al mes. Y para que no fuera tan duro de mascar el propio Parlamento eliminó de su web las dietas de los diputados tras la polémica por su aumento.

Todo ello mientras la Consejería del ramo lanzaba la campaña “Canarias, despensa del Atlántico”, apelando al consumo responsable y al apoyo al sector primario. Lo más llamativo no fue la cesta. Fue que nadie la devolvió como gesto de protesta. Ni uno. Porque el mensaje es claro: consumir canario está muy bien… siempre que no implique renunciar a nada. Tenemos lo que nos merecemos. En Francia seguro no hubiera pasado. Tendrá que ver que fueron los inventores de la guillotina.

El acuerdo con Mercosur no es un hecho aislado. Es una forma de gobernar. Una manera de entender el desarrollo en la que el campo siempre paga la factura, la industria recoge el beneficio y la coherencia se queda en el discurso. Estos acuerdos no benefician a la población local. Benefician a quien controla el volumen, el precio y la logística. El resto, que se adapte o desaparezca.

El problema no es solo que el sector primario esté cansado. El problema es que la sociedad aún no ha entendido que cuando se liquida el campo, no se pierde pasado: se pierde futuroReiteramos, menos sector primario significa menor producción local, más importaciones, menos control y más vulnerabilidad. Significa aceptar que la soberanía alimentaria se negocia al mismo nivel que un arancel de automóviles.

Así que sí, el acuerdo es un éxito. Pero conviene decirlo claro y sin rodeos:Todos perdemos, menos las grandes corporaciones. Si crees que no es tu problema, entonces tienes un gran problema.